La responsabilidad de ser un buen dirigente

    José Ricardo Stok
    Director del Senior Executive MBA
    Publicado el 31 de julio de 2012 en el diario Gestión

    Las noticias de los periódicos nos sorprenden con frecuencia con actuaciones de los principales actores de la sociedad civil, política o económica, que destacan por manifestaciones impropias de su calidad de dirigentes. Y así vemos que desde altas posiciones, cada una en su campo específico, se alientan conductas que afectan al orden público, agresivas a la tranquilidad de los demás ciudadanos. En otros casos, se producen abiertas confrontaciones con quienes tienen el deber de resguardar la paz, o son violatorias de propiedades y derechos ajenos. No faltan quienes usan su tribuna para utilizar la mentira o la calumnia como armas arrojadizas, afectando la honra de personas o instituciones. Y cada tanto se descubre un actuar doloso en asuntos económicos, con el solo objetivo de obtener más dinero o más poder, sin importar perjudicar a muchísimas personas.

    ¿Qué es lo que pasa? La respuesta rápida dice: ¡es la corrupción! Corrupción aquí y allá, en esto y en aquello. Es un mal globalizado. Afecta tanto a instituciones públicas como privadas.  Y tal vez ya nos quedamos tranquilos por haberlo descubierto y si, acaso, denunciado. ¿Es suficiente? Lamentablemente no lo es, ya que el  mal se sigue extendiendo; pero ciertamente es el primer paso. Papel importantísimo juegan los medios de comunicación al poner estos asuntos  a la luz pública, aunque causen dolor. También les asiste la obligación de informar con la verdad, sin juzgar.

    El diccionario dice que corrupción es la acción y efecto de corromper; corromper es alterar y trastrocar la forma de algo, echar a perder, depravar, dañar, pudrir. Reflexionando para identificar los motivos que puedan llevar a las personas a estas actitudes, encontramos dos: el afán desmedido de riquezas y el deseo de poder; y los instrumentos para lograr esos motivos son frecuentemente el engaño, la falsedad, la mentira en una palabra. Y la mentira es, como decía el filósofo Leonardo Polo, la base del subdesarrollo.

    Con diáfana claridad lo señalaba hace años Juan Pablo II, quien alertaba a los empresarios con palabras que son aplicables a todo dirigente: No olvidéis nunca que lo realmente peligroso son las tentaciones que pueden acechar vuestra conciencia y vuestra actividad: la sed insaciable de lucro, la ganancia fácil e inmoral; el despilfarro; la tentación del poder y del placer; las ambiciones desmedidas; el egoísmo desenfrenado; la falta de honestidad en los negocios y las injusticias hacia vuestros obreros.

    Por esto, ser dirigente pone a quien tiene esa tarea frente a grandes responsabilidades, no solo para sí, en su conciencia, sino también para quienes tiene que guiar. Dirigir implica conducir una organización hacia metas mejores en términos de eficacia y de justicia. Deben ir ambas de la mano, en un habilidoso y concienzudo manejo que impide que vaya una en contra de la otra. Ser empresario, alcalde, presidente regional, dirigente gremial o universitario lleva a pensar seriamente en la conducción que se hace de esos organismos y en cómo resultarán afectados quienes de ellos dependen. Lo verdaderamente malo es el daño que se causa a los ciudadanos, al país, cuando se actúa buscando solo el provecho propio disfrazado en un supuesto bien común. Si bien la legislación puede ir acotando las obligaciones y definiendo delitos y sanciones, siempre queda un ancho margen para la actuación libre, pero no inocua, ya que finalmente todos seremos juzgados, antes o después.

    Un comentario

    • Liseth
      3 agosto, 2012

      Me parece que para ser dirigente hay que tener mucha conciencia y ser auténtico. No se puede ir prometiendo cosas que luego no se podrán cumplir, porque eso genera caos en la gente, lo cual se transforma en desorden.

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